Pasan los años y cerramos puertas de habitaciones llenas de pósters que invitan a pasarlo bien. Mientras todas las generaciones que nos subimos al skateboarding a finales de los 80 seguimos creciendo, miramos a los pocos locos que, tras una vida dedicada en mayor o menor medida al skateboarding, han superado la barrera de los 40. Y digo locos, porque así es como se les ve a su alrededor. Su entorno les señala con el dedo, como seres atrapados en los pósters de las paredes de la habitación de un adolescente. Y yo me alegro de que así sea. Sí, señalados, atrapados y locos. Porque igual que hubo un tiempo en el que quise ser como los que salían en los pósters de mi habitación, también quiero ser como los locos mayores que siguen patinando. El respeto va más allá que unos simples números de edad, acercándose a un camino recorrido por ellos, por el que inevitablemente seguirán mis pasos.
Ahora, en tierra de nadie, demasiado mayor para ser adolescente, demasiado jóven para ser viejo, la inspiración llega de arriba y de abajo, pero la motivación sale de dentro. Y los hay que, como Mark Gonzales, son el reflejo de que a veces, el tiempo es solo una medida, y el skateboarding, afortunadamente, no entiende de esas cosas.
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